domingo, 26 de julio de 2009

Luciérnagas en la noche (Recopilación de escritos de mi padre) "Joana"


Fue el año en que yo cumplía quince.......
Con el permiso de mi madre la seguí, desde la puerta de mi domicilio, escaleras arriba, sumiso, callado, con la adolescencia a vueltas. Y a Joana, mujer de cuarenta y tantos, todavía puedo verla ahora, cubriédome a ratos, con los ojos maduros......
En su piso, aquella tarde, ella y yo. Recuerdo el momento. Y la habitación, amplia; y en un rincón, el piano cercano al ventanal. Una tira de sol relamía a Joana.
La visión de su figura y la de aquellos instantes permanece. El cuerpo de Joana parecía haberle robado al diablo el secreto de la belleza. La veo: el cuello, bien formado; las caderas, misteriosas y arqueadas; vestido azul, de fina seda. Eran las manos, como palomas blancas, posadas en el teclado mudo. De pronto, la luminosidad de una sonata planeó sobre la estancia; y luego, otra, y otra. Los dedos revoloteaban seguros, ágiles; cerraba los ojos; inclinaba la cabeza, hacia los pechos prohibidos y trémulos bajo el tejido. La música fluía tensa y acariciadora a la vez.
Al cesar de interpretar ma llamó a su lado. Jugueteó con mi cabello. Apoyé la frente en su hombro, como al borde de un desvanecimiento. Su melena perfumada rozó mi mejilla y sentí la caricia de sus manos cálidas. Me econtraba turbado. Un calor extraño creció dentro de mí.
Apenas cené llegada la noche. Cuando me metí entre las sábanas recibí la visita de mi madre. Al acariciarme el pelo sonrió con picardía.
A partir del día siguiente la imagen de Joana empezó a perseguirme con crueldad. Cada vez que deseaba fijar la plenitud de un pensamiento, dándole un nombre, susurraba el de Joana.
Una mañana cogí el material de dibujo y volví a verla. El sentimiento, incapaz de hacer sutiles reflexiones, me impulsó a realizar para ella el perfil abocetado de su rostro. Al entregarle mi obra se levantó con esa tranquilidad de ánimo que procede del espíritu cuando este no es manchado por meditación alguna. Vió reflejada la tristeza en mi mirada y entonces cargó la suya de maternal ternura.
Percibí su beso dulce sobre la frente, para transmitirme calma en aquella hora singular.
Procuré evitar los encuentros. Pero la lenta aproximación hacia la mujer--hacia el ser temporal, el de carne y hueso-- persistía; como perduran netos, en una memoria fértil, los recuerdos.
Un buen día, mi madre, con tono de regodeo, soltó dos noticias: la boda de Joana y su cambio de ciudad.
De la mano del tiempo la olvidé. Para siempre. Así dejé de torturame. Mas no desapareció el problema. El problema dio nacimiento a un camino, tentador y oscuro. Y este camino no había hecho más que empezar.

2 comentarios:

shat- dijo...

Emocionante.
No dejes de seguir mostrando estos textos y dibujos.
Un abrazo, Pepe, gracias por compartir

Pepe Ventureira dijo...

Es una manera de seguir conectado con él.
Gracias por tus palabras Rosamari